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La influencia estratégica del color en el marketing y nuestro cerebro.

El color como herramienta de marketing: cómo influye en el cerebro y guía nuestro comportamiento.

Opinión
Hace 18 días

Los colores que nos rodean no son meros accidentes estéticos; son herramientas de precisión neurocientífica empleadas por el marketing para moldear nuestras percepciones, emociones y, en última instancia, nuestro comportamiento. Cada tono que vemos en un logotipo, un envase o un anuncio es el resultado de una estrategia calculada que aprovecha profundas conexiones entre nuestra fisiología cerebral y el significado cultural que atribuimos a los colores.

La ciencia es clara al respecto. Nuestro cerebro procesa el color de manera compleja y distribuida: la información visual captada por los fotorreceptores de la retina se transforma en impulsos nerviosos que activan diferentes áreas cerebrales y, significativamente, al sistema nervioso autónomo, el cual gobierna nuestras respuestas emocionales más inmediatas. Esto explica por qué reaccionamos de forma tan visceral a ciertos colores. Por ejemplo, el rojo, asociado al fuego y a la sangre, genera un impacto poderoso. Según los estudios neurocientíficos revisados por la Sociedad Española de Neurociencia (SENC), colores como el rojo, naranja y rosa aumentan la atención y generan excitación cerebral. En marketing, esta propiedad no pasa desapercibida: se utiliza en botones de "comprar ahora" o en ofertas de tiempo limitado para crear un sentido de urgencia y captar la mirada de forma instantánea, activando respuestas que van desde la pasión hasta la alerta.

En el extremo opuesto del espectro encontramos a los colores fríos. El azul, por ejemplo, transmite seriedad, confianza y tranquilidad, relacionándose neurológicamente con estados de relajación. Marcas que desean proyectar fiabilidad, seguridad y calma (especialmente en sectores como la tecnología, las finanzas o la salud) lo adoptan como seña de identidad. El verde, el color más fácil de procesar para el ojo humano, es un sedante natural que evoca paz, esperanza y, por supuesto, naturaleza. No es casualidad que sea el elegido para productos ecológicos, farmacéuticos o de bienestar, buscando una asociación directa con la salud y la armonía. Estas decisiones no son arbitrarias; se basan en cómo estos tonos pueden "regular" nuestro estado interno, promoviendo una sensación de bienestar que, de manera subliminal, vinculamos al producto o espacio que los exhibe.

La maestría del marketing moderno, sin embargo, va más allá del uso aislado de un color. Aquí es donde la teoría del color y la armonía cromática se convierten en arte y ciencia aplicada. Los profesionales no eligen colores al azar, sino que siguen reglas precisas basadas en la rueda de colores para crear combinaciones que guíen la percepción. Un esquema monocromático (diferentes matices de un mismo color) puede transmitir sofisticación y coherencia. Los colores complementarios (opuestos en la rueda, como el rojo y el verde azulado) crean un contraste vibrante que destaca y dinamiza. Los análogos (tonos adyacentes, como distintos verdes) generan una sensación de armonía y naturalidad. El objetivo siempre es el equilibrio: crear una experiencia visual que dirija la atención, comunique valores de marca de manera no verbal y, en definitiva, resulte psicológicamente atractiva y memorable.

Es crucial entender que esta influencia no opera en un vacío cultural. Mientras que la respuesta al rojo como estimulante parece tener una base fisiológica universal, el significado social de los colores es aprendido. En Occidente, el blanco simboliza pureza y paz, mientras que en algunas culturas orientales se asocia al luto. Los buenos estrategas de marketing interpretan estos códigos culturales y los combinan con los principios neurocientíficos universales. Además, factores contextuales como la iluminación modifican profundamente la percepción. Un mismo color puede verse y sentirse de manera distinta bajo una luz natural cálida que bajo una luz artificial fría, algo que el diseño de comercio minorista y de interiores (como demuestra la colaboración de Ikea con neurocientíficos) explota para crear ambientes que promuevan el bienestar o, en una tienda, estimulen la actividad y la atención.

En conclusión, el color es uno de los instrumentos más sutiles y poderosos en el arsenal del marketing. Lejos de ser un simple adorno, es un canal directo a nuestras emociones y procesos cognitivos más básicos. Desde el logotipo que inspira confianza hasta el entorno de una tienda que invita a quedarnos más tiempo, el color se utiliza de manera estratégica para dar forma a nuestra experiencia, guiar nuestras decisiones y crear asociaciones profundas con las marcas. Como consumidores, ser conscientes de este lenguaje silencioso pero elocuente nos permite navegar el paisaje visual moderno con mayor entendimiento, apreciando la compleja neurociencia y la psicología que hay detrás de cada tono diseñado para cautivarnos.