La palabra “malinchismo” atraviesa la conciencia mexicana como un dardo envenenado. Para comprender su peso actual, es imprescindible volver al origen, a una figura histórica compleja y fascinante: La Malinche. Malintzin, Doña Marina, la intérprete y consejera de Hernán Cortés. Sin ella, la Conquista de México habría sido, literalmente, incomprensible y probablemente imposible. Su papel fue nodal: fue puente lingüístico, estratega cultural y, finalmente, madre del primer mestizo simbólico de la nación. Sin embargo, su legado fue transformado por el relato nacional posterior a la Independencia. De figura clave y pragmática, pasó a ser la encarnación de la traición. El “malinchismo” nació de esta construcción: la aversión hacia lo propio y la preferencia obsecuente por lo extranjero.
En México, implica menospreciar lo local, ya sea un producto, una idea, una tradición o a los connacionales mismos, en favor de lo foráneo, simplemente por su origen. Es un complejo de inferioridad cultural internalizado. Algunos medios indican que este sentimiento sigue vigente, manifestándose en la desconfianza hacia lo “hecho en México” o en la idea de que el éxito solo se valida si tiene reconocimiento exterior. Es la sombra de una derrota histórica que se proyecta en la psique colectiva, un “síndrome de la derrota” que sigue definiendo actitudes en la política, la economía y la cultura.
Pero reducir el malinchismo a un fenómeno exclusivamente mexicano es caer en una mirada limitada. En realidad, es la manifestación local de un malestar mucho más amplio, propio de las sociedades poscoloniales de América Latina. Lo que en México se llama “malinchismo”, en otros países tiene nombres distintos, pero describe la misma dinámica psicológica y social: la internalización de la inferioridad y la consecuente veneración por lo externo, generalmente lo europeo o lo norteamericano.
En Perú, por ejemplo, existe la idea del “síndrome de la abanderada”, en referencia a aquellas mujeres indígenas o mestizas que, durante la Colonia, preferían asociarse con los españoles. En Argentina o Chile, se habla de “cipayismo” (término que originalmente aludía a los soldados indios al servicio de los británicos) para señalar a quienes priorizan intereses extranjeros sobre los nacionales. En casi todos los países se usa el término “vendepatria”. La esencia es común: la creencia, arraigada por siglos de dominio cultural y económico, de que el valor y la calidad residen “afuera”, y que lo autóctono es, por definición, inferior, atrasado o digno de desprecio.
Esta actitud es un subproducto directo del colonialismo. No se trata solo de una preferencia estética o comercial; es la huella profunda de un sistema que desarticuló las culturas originarias, impuso nuevas jerarquías y estableció que la civilización y el progreso tenían un rostro y un acento extranjeros. El “malinchismo” y sus equivalentes son, por tanto, síntomas de una herida identitaria no cerrada. Son el eco de una conquista que, más allá de la violencia militar, triunfó en la mente de muchos, convenciéndolos de su propia insuficiencia.
El reconocer que este fenómeno es regional, y no una peculiar idiosincrasia mexicana, es crucial. Nos permite verlo no como un defecto moral de un pueblo, sino como una condición histórica compartida. Entender a La Malinche ya no solo como una traidora, sino como una mujer en un contexto de coerción extrema y agencia limitada –una víctima y una protagonista a la fuerza–, también nos ayuda a matizar el concepto. El “malinchismo” real no es el pragmatismo o el intercambio cultural, sino aquella actitud automática y acrítica que desprecia las raíces sin examinar el valor de lo ajeno.
Superar este lastre, en México y en toda Latinoamérica, implica un ejercicio consciente de revalorización. No se trata de un nacionalismo chovinista que rechace todo lo externo, sino de construir una autoestima colectiva firme, capaz de apreciar lo propio con orgullo y críticamente, y de interactuar con lo global desde una posición de confianza y no de sumisión. Solo así la sombra de Malintzin dejará de proyectarse como un fantasma de traición, para ser entendida como un recordatorio complejo de nuestro nacimiento doloroso y de la tarea pendiente de forjar, por fin, identidades soberanas e integradas.