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La nueva derecha chilena: ¿Qué significa el triunfo de Kast para América Latina y el mundo?

El triunfo de José Antonio Kast en Chile: análisis y consecuencias para América Latina y el mundo.

Opinión
Hace 18 días

La contundente victoria electoral de José Antonio Kast en Chile, con un 58,16% de los votos frente al 41,84% de Jeannette Jara, marca un punto de inflexión histórico para el país y para la región. Chile, tradicional laboratorio político de América Latina, se suma ahora claramente al giro a la derecha que experimenta el continente, planteando nuevos escenarios geopolíticos, económicos y sociales.

Kast, fundador del Partido Republicano y definido por los medios como "ultraderechista" y "pinochetista", llega a La Moneda con un mandato fuerte y claro. Su discurso, centrado en la seguridad, la restricción migratoria y el recorte fiscal, caló en un electorado que, según analistas, votó guiado por el "temor" más que por la racionalidad. Aunque Chile mantiene una de las tasas de homicidio más bajas de la región (6 por cada 100.000 habitantes), la percepción de inseguridad y el debate sobre la migración irregular dominaron la campaña.

El nuevo presidente tendrá que gobernar con un legislativo fragmentado. Su bloque de derecha y ultraderecha está a solo dos diputados de la mayoría en la Cámara (76 de 155) y empatado con la izquierda en el Senado. Esto sugiere que, a pesar de su amplia victoria popular, deberá negociar y tejer alianzas para implementar políticas más radicales como la expulsión masiva de migrantes o profundos recortes fiscales. La oposición, liderada por una Jeannette Jara derrotada pero firme, ha prometido apoyar "lo que sea bueno para Chile" pero ser una "oposición firme, democrática y responsable" ante lo que considere retrocesos.

Reconfiguración del mapa latinoamericano

El triunfo de Kast consolida y expande un bloque ideológico en la región. Con Chile se alinean ahora claramente en la derecha o ultraderecha países como Argentina (Javier Milei), Ecuador (Daniel Noboa), El Salvador (Nayib Bukele) y Bolivia (Rodrigo Paz, de centro-derecha). Este eje compartirá muy probablemente agendas comunes en seguridad, control migratorio, liberalización económica y una postura más escéptica hacia la integración regional tradicional.

Frente a este bloque, se mantiene un polo progresista significativo encabezado por gigantes como Brasil (Lula da Silva), México (Claudia Sheinbaum) y Colombia (Gustavo Petro), además de Uruguay, que acaba de volver a la izquierda con Yamandú Orsi. Esta polarización ideológica, con aproximadamente nueve países de izquierda y siete de derecha (sin contar los casos controvertidos de Venezuela, Cuba y Nicaragua), plantea un escenario de América Latina fracturada, donde la cooperación sur-sur y organismos como la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) podrían ver dificultadas sus acciones.

La reacción internacional a la victoria de Kast anticipa estas nuevas alianzas. Felicitaciones inmediatas llegaron desde gobiernos afines: Javier Milei habló de "liberarse del yugo opresor del socialismo", Daniel Noboa de "una nueva etapa para la región". Significativamente, Estados Unidos, a través del secretario de Estado Marco Rubio, celebró el resultado y expresó su deseo de trabajar en seguridad pública, fin de la migración ilegal y revitalización comercial. En contraste, líderes de izquierda como Lula o Boric felicitaron respetando la democracia, pero marcando distancia ideológica.

Desafíos y expectativas globales

Para el mundo, el gobierno chileno con Kast a la cabeza, puede representar varias cosas. Primero, un aliado económico más predecible para mercados e inversores, con promesas de austeridad fiscal y políticas pro-empresa. Segundo, un socio estratégico para Washington en la contención de la influencia china en la región, aunque Chile tiene históricos tratados comerciales con Beijing que serán complejos de reconsiderar. Tercero, un laboratorio político de la ultraderecha gobernando dentro de un marco democrático institucional, observado con atención tanto por sus aliados como por sus críticos. 

Los mayores desafíos, sin embargo, son internos y de vecindad. Kast deberá demostrar resultados rápidos en seguridad y economía para mantener su amplio apoyo, sin desestabilizar el crecimiento ni erosionar derechos sociales que han sido conquista de décadas. En lo regional, su retórica dura sobre migración y su visión ideológica podrían tensar relaciones con países vecinos como Perú y Bolivia, y crear fricciones con gobiernos progresistas.

La transición, por ahora, promete ser ordenada. El presidente saliente Gabriel Boric se ha comprometido a entregar "un país en marcha" y ha concertado una reunión inmediata con Kast. Este gesto, junto al reconocimiento rápido y civilizado de la derrota por Jara, muestra la fortaleza de la democracia chilena, que pondrá a prueba la capacidad del nuevo gobierno para conducir sus cambios dentro de las reglas del juego.

 En definitiva, el triunfo de Kast no es un evento aislado, sino la confirmación de una tendencia regional donde el miedo, la inseguridad y el desencanto con las élites tradicionales alimentan propuestas políticas disruptivas. Su éxito o fracaso en los próximos cuatro años será un termómetro no solo para Chile, sino para el futuro de esta nueva ola conservadora en América Latina y su relación con un mundo en reconfiguración. La esperanza "de vivir sin miedo" que proclamó Kast en su discurso de victoria será juzgada por hechos concretos en un país y una región que observan, expectantes y divididos, este nuevo capítulo de su historia.