Mientras la comunidad internacional centra su atención en otros conflictos, Sudán se desangra en una tragedia humanitaria de proporciones catastróficas. Lo que comenzó como una lucha de poder entre dos generales se ha convertido en una compleja guerra civil, alimentada por la avaricia de actores nacionales y extranjeros que ven en el sufrimiento sudanés una oportunidad para enriquecerse. En el centro de esta tormenta se encuentra un recurso que brilla con luz propia: el oro. Este metal precioso, lejos de ser una bendición, se ha transformado en la maldición que financia un genocidio, destruye el medio ambiente y condena a un pueblo a la miseria y el desplazamiento.
El oro que financia el horror
Sudán es el tercer mayor productor de oro de África, pero esta riqueza no ha traído desarrollo sino violencia y destrucción. Más de la mitad del oro sudanés se trafica ilegalmente, y se estima que hasta un 85% de la producción se vende fuera de los canales legales. Este comercio ilícito es el combustible que mantiene viva la guerra entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF- Sudan Armed Forces) y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF- Rapid Support Forces).
Las RSF, herederas de las temibles milicias Janjaweed responsables del genocidio en Darfur hace dos décadas, controlan minas clave como Jebel Amir. Su líder, Mohamed Hamdan Dagalo "Hemedti", ha construido un imperio económico vendiendo oro al margen del Estado. A cambio de este metal precioso, las RSF reciben armas, drones y apoyo logístico que les permiten continuar su campaña de limpieza étnica y violencia sistemática contra civiles.
Avaricia internacional: los beneficiarios externos del conflicto
La tragedia sudanesa no es solo un asunto interno. Potencias extranjeras han encontrado en este conflicto una oportunidad para avanzar en sus intereses geopolíticos y económicos, priorizándolos por encima del bienestar de millones de sudaneses.
Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) emergen como el principal actor internacional beneficiado. Dubái se ha convertido en el centro mundial de refinado de oro, recibiendo según datos aproximadamente el 90% de las exportaciones sudanesas de este metal durante el primer semestre de 2025. A cambio, los EAU proporcionan apoyo militar a las RSF, disfrazado a veces de ayuda humanitaria. Este comercio es tan significativo que llevó a los EAU a ser incluidos en la "lista gris" del Grupo de Acción Financiera Internacional entre 2022 y 2024 por su frágil supervisión del comercio aurífero.
Rusia, a través del Grupo Wagner, también ha aprovechado el vacío de poder. Esta organización paramilitar explotó minas y contrabandeó toneladas de oro sudanés, posiblemente utilizando estos beneficios para financiar operaciones en Ucrania y otros lugares. Aunque inicialmente apoyó al ejército regular, Wagner cambió posteriormente de bando para ofrecer formación y apoyo militar a las RSF.
Otros actores como Egipto han proporcionado apoyo limitado a las SAF, principalmente por preocupaciones sobre la seguridad del agua del Nilo frente a Etiopía. Estados Unidos busca contener la influencia rusa y evitar que Sudán caiga bajo control de fuerzas antioccidentales.
Mientras las élites se enriquecen, la población sudanesa paga un precio atroz:
Crisis humanitaria sin precedentes: Más de 12 millones de personas han sido desplazadas por la fuerza y alrededor de 25 millones necesitan ayuda humanitaria urgente. La hambruna amenaza a medio país, con las RSF utilizando el hambre como arma de guerra, asediando comunidades y cortando el acceso a agua y alimentos.
Violencia étnica sistemática: En Darfur se repiten las masacres que caracterizaron el genocidio de hace dos décadas. La caída de Al Fasher en 2023 fue el colofón de una campaña de limpieza étnica contra comunidades masalit y otras poblaciones racializadas.
Destrucción ambiental y salud pública: La minería artesanal, en la que trabajan aproximadamente un millón de personas en condiciones precarias, utiliza mercurio y cianuro de manera indiscriminada. Estos químicos no solo envenenan a los mineros —muchos sufren problemas renales crónicos— sino que contaminan irreversiblemente la tierra y el agua.
Persecución a mineros artesanales: Atrapados entre dos fuegos, los mineros artesanales son acosados tanto por el ejército (que los acusa de colaborar con las RSF) como por los paramilitares. Viven con miedo constante, ganando menos de 100 dólares al mes en condiciones peligrosas, sin ninguna protección.
El conflicto actual es también el resultado de una transición política fallida tras la caída de Omar al-Bashir en 2019. Aunque una revolución civil masiva —donde las mujeres jugaron un papel protagónico— derrocó la dictadura, las estructuras de poder militar se mantuvieron. Hemedti, parte del aparato represivo del antiguo régimen, fue incluso nombrado vicepresidente del Consejo Soberano de Transición. Las mujeres, pese a su papel crucial en la revolución, fueron excluidas de las negociaciones.
La comunidad internacional ha respondido con una combinación de retórica condenatoria e inacción efectiva. La Corte Penal Internacional ha condenado crímenes pasados, y Estados Unidos ha declarado que se está cometiendo genocidio en Darfur por segunda vez en veinte años. Sin embargo, estas declaraciones no se han traducido en acciones concretas que detengan el flujo de armas o el comercio ilegal de oro.
Sudán se encuentra atrapado en un círculo vicioso donde la riqueza en recursos naturales alimenta la violencia, que a su vez garantiza el control de dichos recursos. El oro sudanés, que podría ser una fuente de prosperidad, se ha convertido en un "mineral de conflicto" que financia atrocidades.
La tragedia sudanesa nos interpela directamente. Ese oro manchado de sangre puede terminar en joyerías de todo el mundo, mezclado con metal legítimo a través de complejas cadenas de suministro. Como consumidores, tenemos la responsabilidad de exigir transparencia y apoyar alternativas como el oro certificado Fairmined o Fairtrade, que garantizan condiciones dignas y protección ambiental.
La avaricia —tanto nacional como internacional— ha condenado a Sudán a una agonía evitable. Mientras el mundo mira hacia otro lado, un país entero se desangra por el brillo engañoso de un metal que, en este contexto, solo refleja la peor cara de la humanidad.