La carta a Santa Klaus o a los Reyes Magos suele ser un catálogo de deseos materiales: el último videojuego, la bicicleta de moda, el teléfono de última generación. Por eso, la noticia de un niño de 14 años en Argentina que, en lugar de pedir cualquier objeto, escribió “Quiero tener una mamá y un papá” para Navidad, nos golpea con fuerza. Su conmovedor deseo, difundido por medios y que conmovió a miles, no es solo la historia de un menor en una situación familiar compleja. Es el síntoma más crudo y el grito ahogado de una generación que, en el fondo, no solo anhela cosas, sino conexión.
Este adolescente, con una lucidez que desarma, puso el dedo en la llaga de una epidemia silenciosa. No estaba solicitando regalos materiales ni un billete extra. Su petición era de una moneda de valor infinitamente superior y, paradójicamente, más escasa: presencia. Atención. Tiempo compartido, miradas que se cruzan, risas sincronizadas, silencios cómplices. En un mundo donde el “tiempo de calidad” suele ser un concepto que se esgrime para justificar la ausencia, este chico lo reclamaba como un derecho fundamental.
Su caso, lejos de ser aislado, es el espejo en el que deberíamos mirarnos todos. En una sociedad hiperacelerada, donde el éxito se mide en productividad y posesiones, hemos normalizado la crianza por delegación o, peor aún, la crianza entre distracciones. Los padres y madres, abrumados por exigencias laborales y económicas, a menudo intentan suplir su ausencia física o emocional con regalos. Se confunde el amor con la capacidad de consumo, y se llena la habitación de un niño de objetos que terminan siendo monumentos a la soledad.
El niño de 14 años no pedía una familia perfecta de catálogo. Su deseo era mucho más básico y profundo: la sensación de pertenencia, de ser visto y escuchado, de tener un puerto seguro emocional compuesto por personas, no por perfiles en una red social o proveedores de recursos. Su carta es una denuncia contra la idea de que lo material puede llenar vacíos afectivos. ¿Cuántos niños, en casas llenas de juguetes tecnológicos, están deseando en silencio que sus padres apaguen el teléfono y jueguen un juego de mesa con ellos? ¿Cuántos adolescentes, con ropa de marca, cambiarían una prenda por una conversación honesta y sin prisas con un adulto que los guíe?
Esta historia debería servir como un campanazo para redefinir nuestras prioridades. La crianza no es un trámite logístico entre la escuela y las actividades extraescolares. Es una tarea de presencia constante, a veces aburrido, a menudo caótico, pero siempre fundamental. El “regalo” que muchos niños anhelan no viene con envoltorio brillante. Viene con la promesa (y el cumplimiento) de un “te ayudo con la tarea”, un “vamos a dar un paseo”, un “cuéntame cómo te fue”, un “aquí estoy para lo que necesites”.
El deseo de ese adolescente nos interpela directamente. Nos pregunta, a adultos, padres, tíos, educadores y sociedad en general, qué estamos construyendo. ¿Estamos creando entornos donde los niños se sientan emocionalmente nutridos o simplemente bien equipados? La verdadera abundancia no está en los estantes de una tienda, sino en la calidad de los vínculos que tejemos.
Esta Navidad, y todos los días, el mejor regalo que podemos empaquetar no cabe en una caja. Cabe en un rato de atención plena, en un abrazo que dure unos segundos más, en la decisión consciente de priorizar el “ser” sobre el “tener”. Nata, este chico argentino, nos lo ha recordado de la manera más desgarradora: lo que más vale, a menudo, es lo que no tiene precio. Y es justo eso, nuestra presencia auténtica, lo que muchos llevan años pidiendo en sus cartas invisibles.