Mientras las calles de Irán se tiñen de sangre por la represión de quienes claman por libertad y justicia, existe otra realidad, paralela y ultramundana, que se despliega en las soleadas costas de Grecia, en los rascacielos de Dubái o en las universidades de Estados Unidos y Europa. Es el mundo de los "aghazadeh", los hijos de la élite gobernante, cuya vida de lujo obsceno contrasta de manera brutal con el "infierno" que sus padres han ayudado a construir en su país.
La imagen es de una hipocresía tan profunda que duele. En Teherán, la Policía de la Moral golpea a una mujer por un mechón de pelo fuera del velo, mientras la modelo Anashid Hoseini, vinculada al régimen, posa despreocupada en redes sociales con un bolso cuyo costo supera el ingreso anual de un iraní promedio. Sasha Sobhani, hijo de un exembajador, muestra sin pudor sus Ferrari y fajos de billetes en fiestas rodeado de modelos, con el mensaje implícito de "sigan envidiándome". Lo hacen mientras sus compatriotas son asesinados por atreverse a desafiar a las familias que les otorgan semejantes privilegios.
Esta no es solo una historia de ricos y famosos. Es la radiografía de un sistema que ha perfeccionado la injusticia. El mismo régimen que denuncia a Occidente como el "Gran Satán" y predica la pureza del islam, envía a sus hijos a estudiar y residir precisamente allí, a disfrutar de las libertades que prohíbe en casa. Los nietos del ayatolá Jomeini viven en Canadá; los del recién asesinado líder supremo Jamenei, en Reino Unido. Son la avanzadilla de una doble moral que permite a los opresores asegurar un futuro de comodidades para los suyos, mientras condenan al resto a la escasez y el miedo.
Lo más irritante para el ciudadano de a pie, como señalan los analistas, no es la riqueza en sí, sino su origen y su impunidad. Estos jóvenes no han heredado un imperio empresarial construido con esfuerzo, sino el botín de la corrupción y el nepotismo de un Estado que ellos mismos controlan. Sus padres dominan la Guardia Revolucionaria, acaparan sectores clave de la economía y deciden quién vive y quién muere. Desde esa posición de poder absoluto, sus hijos construyen imperios navieros desde Dubái, como los hermanos Shamkhani, o estudian en las mejores universidades mientras ordenan la represión que silencia las protestas.
La indignación, como era de esperar, ha estallado. La generación Z iraní, que sale a las calles a riesgo de su vida, ve en Instagram el reflejo de lo que les es negado: la libertad, la justicia, la posibilidad de una vida digna. Ven a los "aghazadeh" como el símbolo viviente de un sistema que los oprime. La élite iraní ha construido un país donde la mayoría sobrevive entre sanciones y represión, pero se asegura de que sus hijos puedan volar hacia el mismo mundo que desprecian en sus discursos. Esa es, quizás, la mayor de sus condenas: haber convertido Irán en una prisión para millones, mientras sus herederos juegan a ser libres en el jardín del enemigo.