Ir al contenido

La deuda pública global: un abismo entre dos extremos y la senda de México.

El abismo de la deuda mundial: Los países más endeudados, los 5 más austeros y el caso de México.

Opinión
Hace 20 días

En el panorama económico mundial actual, la deuda pública se ha convertido en un termómetro crítico de la salud financiera de las naciones y de su capacidad para afrontar el futuro. Un análisis de los datos revela un mundo dividido en dos realidades opuestas: un puñado de países carga con obligaciones que superan, y en algunos casos duplican, el valor total de su economía anual, mientras que otros mantienen niveles de endeudamiento envidiablemente bajos. En medio de este espectro, México navega una trayectoria propia, con una deuda en aumento que refleja desafíos internos y un contexto global complejo.

Los extremos del endeudamiento global

En un extremo de la tabla, encontramos a las naciones cuyas cargas son tan colosales que desafían la imaginación. Lidera esta lista Japón, con una deuda que alcanza el asombroso 237% de su Producto Interno Bruto (PIB), una herencia de décadas de estímulos fiscales para combatir el estancamiento económico. Le siguen Venezuela (272%), Grecia (173%) y Singapur (164%), aunque este último caso es particular, ya que su enorme deuda se compensa con activos financieros externos de gran valor. Italia (135%), Estados Unidos (135%), Portugal (113%), Francia (111%), España (109%) y Bélgica (104%) completan el grupo de los diez más endeudados. Este conjunto incluye tanto economías avanzadas que, pese a los números, mantienen cierta estabilidad por su solidez institucional, como países que aún resienten las secuelas de crisis profundas.

En el polo diametralmente opuesto, se erigen ejemplos de disciplina fiscal. Los cinco países con la deuda más baja en relación con su PIB son Brunéi (2.3%), Kuwait (3%), Turkmenistán (4.6%), República Democrática del Congo (6.4%) y Azerbaiyán (8.3%). Este privilegiado grupo está compuesto mayoritariamente por economías ricas en recursos energéticos (petróleo y gas) cuyos ingresos les permiten operar con superávits presupuestarios, reduciendo o eliminando la necesidad de financiamiento externo. Su realidad, sin embargo, está íntimamente ligada a la volatilidad de los mercados de materias primas y no necesariamente es replicable para naciones con economías más diversificadas.

México: una trayectoria ascendente en un punto medio

En este mapa global de claroscuros, México ocupa una posición intermedia, pero con una tendencia inquietante. Según las proyecciones, la deuda pública del país rondará el 49.7% del PIB, un nivel que, aunque está muy por debajo de los líderes mundiales del endeudamiento, marca su punto más alto en los últimos cuatro años y continúa una senda ascendente constante. Expertos advierten que esta cifra podría escalar al 52.2% a finales de este año y acercarse al 55% para 2026, nivel no visto desde 1987.

Este crecimiento no es gratuito. Tiene un impacto directo y tangible en la vida de los ciudadanos y en el futuro del país. Un peso cada vez mayor del presupuesto nacional se destina al pago de intereses de la deuda, lo que inevitablemente reduce los recursos disponibles para inversión en infraestructura crítica, servicios de salud, educación y programas sociales. Además, la composición de la deuda, dividida entre interna (en pesos) y externa (en moneda extranjera), introduce un riesgo adicional por la volatilidad del tipo de cambio y las tasas de interés internacionales. Un manejo prudente de este balance es fundamental para no comprometer la estabilidad macroeconómica.

La historia reciente muestra un patrón claro: desde que representaba alrededor del 30% del PIB en el año 2000, la deuda mexicana ha ido en aumento en cada sexenio, acelerándose en algunos periodos. El reto para la actual administración no es necesariamente detener el endeudamiento —una herramienta válida y a veces necesaria para financiar el desarrollo—, sino asegurar de manera transparente y eficiente que los recursos obtenidos se inviertan en proyectos productivos. El objetivo debe ser generar un crecimiento económico sostenido e inclusivo que, a la larga, haga más manejable la carga financiera y evite que las futuras generaciones hereden solo obligaciones.

En conclusión, el abismo entre los países más y menos endeudados del mundo ilustra las profundas diferencias en sus modelos económicos, historiales de crisis y capacidades de gestión. Para México, que se encuentra en una encrucijada fiscal, la lección es clara: el camino no está en aspirar a los niveles minimalistas de las petro-monarquías, sino en evitar a toda costa caer en la espiral de los países más endeudados. Esto requiere una disciplina fiscal rigurosa, una administración impecable de los recursos públicos y una estrategia de crecimiento clara y consensuada. Solo así la deuda podrá ser un puente hacia la prosperidad y no un lastre que condene el potencial de la nación.