En los últimos meses, México ha sido testigo de una tragedia evitable: al menos ocho personas fallecieron en Sonora tras recibir sueros vitaminados intravenosos en un consultorio particular. Lo que comenzó como una promesa de vitalidad, energía y bienestar inmediato terminó en un cóctel letal que, según los testimonios de los familiares de las víctimas, causó agonías indescriptibles. Un familiar de una fallecida narró cómo esta gritaba: “Me estoy quemando por dentro”. Estos casos no son producto de la mala suerte, sino la consecuencia directa de dos factores peligrosos: las modas médicas sin sustento y la falta de investigación sobre el origen real de los medicamentos.
Los sueros vitaminados se han popularizado en redes sociales, promovidos por celebridades y ofertados en clínicas que los venden como remedios contra el cansancio, la resaca o el estrés, con precios que van desde 1,700 hasta 7,000 pesos. Sin embargo, especialistas como el infectólogo Francisco Moreno han advertido que administrar cualquier sustancia directamente al torrente sanguíneo, sin control médico riguroso, implica riesgos enormes: desde una contaminación bacteriana hasta un choque séptico, que tiene una mortalidad del 30% incluso en personas sanas. En el caso de Sonora, todo apunta a que los sueros fueron preparados en condiciones no asépticas, posiblemente con algún contaminante o con concentraciones inadecuadas de componentes como potasio o incluso arsénico.
Lo más grave es que las víctimas confiaron ciegamente en un médico que, pese a tener cédula profesional, elaboraba de manera artesanal las mezclas y ofrecía tratamientos sin estudios clínicos previos. La Fiscalía de Sonora ofrece 500 mil pesos por su paradero, pero esto no devolverá la vida a los ocho fallecidos. El secretario de Salud, David Kershenobich, reconoció que probablemente hubo un contaminante bacteriano, y lamentó que exista “el consumo de suero” como moda.
Esta tragedia nos deja una lección clara: no basta con que un tratamiento esté de moda o sea promocionado por famosos. Cualquier producto que se introduce al cuerpo debe tener respaldo científico, origen certificado y aplicación en entornos médicos supervisados. Investigar no es desconfiar, es protegerse. Las modas pasan, pero las consecuencias fatales pueden quedar para siempre.