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La sangrante paradoja de la "protección" estadounidense.

La paradoja de EE.UU. en Irán: proteger civiles mientras bombardean una escuela con 150 niñas.

Opinión
Hace 15 horas

En medio del horror que se vive en Medio Oriente, una imagen se resiste a ser borrada por el estruendo de los misiles: la de una escuela en ruinas en Irán, bajo cuyos escombros yacen los cuerpos de decenas de niñas. Mientras el gobierno de Estados Unidos declara que su ofensiva busca "proteger a los civiles iraníes" de su propio régimen, la realidad sobre el terreno dibuja una paradoja sangrante e insostenible. ¿Se puede bombardear a un país para "liberar" a su población, comenzando por asesinar a sus hijos?

El conflicto, desatado este fin de semana e iniciado por Estados Unidos e Israel, ha desembocado en una espiral de violencia que ya deja un reguero de víctimas en toda la región. Según reportes internacionales, la respuesta iraní no se hizo esperar y alcanzó objetivos en nueve países. Los saldos parciales son estremecedores: en Israel, un misil impactó un edificio en Tel Aviv, causando al menos un muerto y más de veinte heridos. En Emiratos Árabes Unidos, una persona falleció y cuatro resultaron heridas por la caída de restos de misiles en Abu Dabi y Dubái. Irak lamenta dos muertos tras el derribo de un dron cerca de Erbil. A esto se suman ataques contra bases militares estratégicas en Bahréin (sede de la Quinta Flota de EE. UU.), Qatar (base aérea de Al Udeid), Arabia Saudita, Kuwait, Jordania y Omán, aunque sin reportes de víctimas mortales en estos puntos. En el centro de esta tormenta, el líder supremo de Irán, el ayatola Alí Jamenei, fue asesinado, un hecho que sin duda marcará un antes y un después en la historia de la república islámica.

Para entender el peso simbólico de este ataque, es crucial mirar atrás. El siglo XX iraní fue un torbellino de transformaciones. La dinastía Pahlavi, iniciada por Reza Shah en 1924 e impulsada por su hijo Mohammad Reza Shah, buscó modernizar el país a marchas forzadas, a menudo con mano de hierro y un fuerte alineamiento con Occidente. Sin embargo, este proyecto, que otorgó derechos a la mujer y generó riqueza petrolera, fue percibido por muchos como una dictadura que atropellaba la identidad cultural y religiosa. La oposición, liderada por figuras como el ayatola Ruhollah Jomeini desde el exilio, canalizó un descontento generalizado que estalló en la Revolución de 1979, derrocando al Sha y estableciendo la República Islámica. Jomeini se convirtió en el primer Líder Supremo, una figura con un poder sin precedentes, situada por encima del presidente y encargada de ser la máxima autoridad política y religiosa. A su muerte en 1989, le sucedió el ayatola Alí Jamenei, quien ocupó el cargo hasta su reciente asesinato el 28 de febrero, perpetuando un sistema que, para muchos jóvenes iraníes hoy, ha traído tanta represión como la que prometió derrocar.

La administración de Donald Trump justifica la escalada bélica como un paso necesario para liberar al pueblo iraní de un régimen teocrático. Se argumenta que la muerte de Jamenei y la desestabilización del gobierno allanarán el camino para una transición democrática. Pero ¿cómo se protege a una población masacrándola? El ataque a la escuela, un lugar que debería ser un santuario, no es un daño colateral; es el epítome de una guerra que, como todas, termina devorando a los inocentes a los que dice defender.

La ironía es tan letal como los misiles que surcan el Golfo Pérsico. Se ataca para detener un programa nuclear, pero se destruye el futuro de un país al matar a sus niñas. Se dice buscar la libertad, pero se siembra el caos y el odio que probablemente fortalecerán el nacionalismo más radical. La paralización del tráfico por el Estrecho de Ormuz por parte de Irán, por donde pasa el 20% del petróleo del mundo y el disparo del precio de este energético son solo las primeras consecuencias económicas de una crisis humanitaria que no hace más que empezar.

El mundo, una vez más, asiste a un macabro espectáculo donde las grandes potencias juegan a ser salvadoras mientras los cuerpos de los más vulnerables se acumulan. La paradoja es insoportable: no se puede traer la democracia sobre las alas de bombarderos que arrojan muerte sobre una escuela de niñas. Esa no es protección, es destrucción. No es liberación, es una condena a más dolor y a un futuro aún más incierto para todo un pueblo.